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jueves, 1 de noviembre de 2012

PABLO NERUDA Y LAS ALTURAS DE MACHU PICCHU Por. RAÚL HENAO.







Neruda poeta telúrico y teratológico, poeta de la naturaleza y la mujer, que por mucho tiempo representará para los europeos y norteamericanos la imagen del poeta latinoamericano emblemático y canónico, cita al final de discurso que pronunciara con motivo de la recepción del Premio Nobel, en Estocolmo, Suecia, octubre del año 1971, una frase del poeta francés Arthur Rimbaud consignada en su Temporada en el Infierno:
“Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades”
Pero el laureado poeta chileno, que con esa cita cree hacer profesión de fe socialista o comunista…parece ignorar que su ídolo galo de “ojos azul pálido”, “un animal”, “un negro” escapado de las costas europeas para terminar malviviendo de la venta de cacharros y armas en el África colonial de finales del siglo diecinueve, va a dejarnos impresa en otra parte, como esculpida en bronce o basalto, lo que constituye quizás, su más perdurable legado o ideario poético:
  “La poesía no rimará más la acción: estará antes que ella”
Fórmula encantatoria que René Char, poeta de la Resistencia en la Francia ocupada de la Segunda Guerra Mundial, parafrasea del siguiente modo:
 “La poesía ya no ritmará la acción, ella será el fruto y la
  anunciación nunca saboreados, adelanto de su propio
 paraíso”
 Que nos propone, en suma, en ambas versiones, la manera de ponerle término definitivo a los Cantares de Gesta, himnos patrióticos y marchas militares, estribillos y coplas de guerra… Y en los tiempos actuales -hay que decirlo- también a la poesía de compromiso o política –esa política que es siempre prosecución de la guerra por medios distintos a las armas- y que hace, por igual, el panegírico y la apología del poder económico-militar establecido… el poder de los distintos autócratas y césares modernos y a los que de modo radical habrá que enfrentar permanentemente la impronta premonitoria o visionaria de una poética al servicio de las más altas metas del espíritu, ese espíritu que jamás se circunscribe al devenir histórico materia, porque más allá de la tarea de transformar el mundo aspirará siempre a cambiar la vida.
Conmueve, ver a este “inmenso mal poeta” como lo llamara Juan Ramón Jiménez . Al poeta volcánico y oceánico de Las Residencias en la Tierra (y hasta del Canto General) acerca de las cuales nos dice, oportunamente y como para hacerles justicia, José Miguel Ibañez Langlois lo siguiente:
“Residencia en la Tierraen sus dos volúmenes escritos entre 1925 y 1935, representa el ciclo poético más alto de las letras americanas. Un lenguaje uniforme y compacto, reiterado y sordo, remoto como la entraña misma de la materia elemental consigue expresar por transmisión casi física la intuición visceral de un mundo que se deshace, de una duración ciega, de un derrumbe infinito, donde el hombre “sucede” o transcurre impersonalmente “como un naufragio hacia adentro”, rodeado por la abyecta realidad humana de bodegas, lenocinios, tiendas ortopédicas o empresas funerarias. Hay una hondura atroz, una verdad infernal, un ritmo de reiteración sonámbula en este lenguaje que ha esparcido la influencia más perdurable de Neruda sobre amplios sectores de la poesía contemporánea:

  El caballo del viejo otoño tiene la barba roja
  y la espuma del miedo le cubre las mejillas
  y el aire que le sigue tiene forma de océano
  y perfume de vaga podredumbre enterrada.

La Tercera Residencia (1935 -1945) atravesada muy pronto por la roja estela de la guerra civil española –“venid a ver la sangre por las calles”- incorpora a la inercia del lenguaje anterior un nuevo tono documental, de crónica histórica, de epopeya, de abominación y celebración al mismo tiempo que “la metafísica cubierta de amapolas”, cede su lugar a la ideología, a la militancia bajo las “nuevas banderas” . Este giro de su experiencia humana y de su idioma poético tendrá descendencia americana en el voluminoso Canto General (1950) titánico esfuerzo de dar expresión narrativo-poética, épica pero también lírica, a la naturaleza y la historia entera del continente, ríos y montes, flora y fauna, conquista y liberación, Este monumento histórico y geográfico no puede juzgarse sólo como obra literaria, pero tampoco puede eximirse de ser leído y juzgado como poesía. Aun comprendiendo sus enormes dificultades –la amplitud sinfónica de su idea, el paso expresivo de la oscuridad lírica a la claridad épica – el lector desfallece durante capítulos enteros; del grandioso acento de Alturas de Macchu Picchu, del destello dramático o pintoresco de tantos episodios, se baja a las extensas llanuras de la descripción monótona, del libelo de circunstancias, del verso panfletario y sobre todo de la retórica” (Rilke, Pound, Neruda /Tres claves de la Poesía Contemporánea. Páginas 159 y 160)…
Ocupándose en desandar el rastro de su stalinismo o castrismo mediáticos y oportunistas. En menospreciar, silenciándolos, movimientos poéticos de comienzos del siglo pasado tan importantes como el modernismo, -centrado en la figura profética de Darío- o el surrealismo europeo y chileno-argentino, a los que plagia en secreto la receta de las imágenes sonámbulas y en duermevela en algunos de sus poemas más famosos. En marginar de manera insolidaria a poetas de la talla de un Vicente Huidobro, César Vallejo, Pablo de Rokha, Nicolás Guillén o Juan Larrea… Consagrándose, en suma, al más ilusorio culto de la propia personalidad… narcisismo o erostratismo que si bien caracteriza a muchos de los poetas modernos, no deja de constituirse finalmente en ceguera espiritual que limita y entorpece el acceso a la auténtica inspiración o videncia poéticas.
Hay sin embargo en la obra de Pablo Neruda, un momento privilegiado en el que este gran egocéntrico parece olvidarse de sí mismo, en el que su yo poético y literario– como sucediera antes en el Walt Whitman del Canto a Mí Mismo - abarca plenamente la realidad polifacética y multirracial del hombre iberoamericano para acceder a la más épica de sus creaciones líterarias, aquella que alude directamente al porvenir de estos pueblos del sur del continente. Me refiero al poema Alturas de Machupicchu, escrito a comienzos de la guerra civil española, donde el poeta resurge, por decirlo así, de la muerte en vida a la que parece confinarlo la cultura occidental europea, para en su insurgencia llevar consigo al hombre suramericano a las alturas espirituales en las que fuera edificada esta ciudadela solar andina, refugio de la más pacífica y depurada cultura incaica, atrapada entonces en las garras depredadoras y genocidas de la conquista española.
Es cierto que ya otros escritores europeos se anticiparon o habían coincidido con Neruda en proponernos ese “entendimiento de amor” que nos lleva a la certeza de que el futuro de “los países de la Aurora”, “foco de una cultura nueva” (Darío) está siempre supeditado y pasa por la valoración y el rescate de las culturas aborígenes. Pensamos, a manera de ejemplo, en Antonin Artaud… en México… en aquellas de sus cartas, textos y poemas escritos desde el País de los Tarahumaras:
“La sangre india de México conserva un antiguo secreto de raza y antes de que la raza se pierda hay que arrancarle la fuerza de ese antiguo secreto…El México actual copia a Europa y para mí es la civilización europea la que debe arrancarle a México su secreto. La cultura racionalista de Europa ha fracasado y he venido a la tierra de México para buscar las raíces mágicas que aún es posible desentrañar del suelo indígena” 
O en el D.H Lawrence de Fénix, su libro póstumo:
“Pero así son las cosas: ¡la democracia flamante desplazando a la más antigua de las religiones! Y cuando la religión antigua sea desplazada, cabe presentir que la democracia y todas sus galas se desplomarán y que la más antigua de las religiones que nos ha sido legada desde los días de preguerra del hombre recomenzará. El rascacielos se esparcirá a los vientos como el cardo y la América auténtica, La América de Nuevo México retomará su curso. Esto es un interregno” 
Y más específicamente en el poeta español Juan Larrea - antípoda y antítesis en lo personal de Neruda- contribuyendo al desciframiento y esclarecimiento del significado poético que reviste esta fabulosa ciudad incaica descubierta por el norteamericano Hiran Bingham en 1911, en su libro medular Del Surrealismo a Machupicchu , donde nos dice al respecto:
“Machupicchu es en realidad una ciudad símbólica –como en cierta manera lo es el cósmos- Machupicchu se construyó con un significativo fin trascendental que vindica lo materialmente absurdo de su erección y le presta sobre tiempo y espacio, sentido palingenésico. Machupicchu es prenda simbólica de la ciudad perfecta y pacífica del porvenir, presentida por la cultura aborigen en el trance de su aniquilación definitiva por las huestes invasoras. Como proyección del espíritu original. Machupicchu es asimismo clave simbólica de Sud América, donde las intuiciones y anhelos de los naturales se articulan y conciertan con los ultraeuropeos del Dante, Cristobal Colón, de Darío, etc. Siendo de notar que todas ellas rinden su significado conjunto en esa altura incomparable y recóndita -mística- que actúa de referencia al gran Mito trascendental del “Paraíso” lugar de bienaventuranza donde se verifica el convivir de lo humano y lo divino (…) Machupicchu es punto de mira, clave de horizonte hacia la ciudad cósmica, transfigurada, correspondiente a la cultura ultra-mediterránea, universal, de Sud América, del Nuevo Mundo: representación en lo urbano del Plus Ultra. Presencia de espíritu he aquí su definición.”
En síntesis, para nosotros, lo esencial en el Neruda de Alturas de Machupicchu, - aparte de si esta obra poética conserva plena vigencia en el contexto de las letras hispanoamericanas actuales- radica en la propuesta amorosa y no demagógica (queremos pensarlo de ese modo) de haber querido llevar a rastras consigo –así fuera amanera de escolta- a las elevadas alturas de esta portentosa ciudad aborigen “ciudad muy grande, donde estaba la universidad de la idolatría, donde aún vivían los profesores hechiceros y señores de las abominaciones” como se cree que la describió el padre Calancha, uno de los cronistas más interesantes de los primeros días de la conquista…Al grueso del pueblo raso hispanoamericano: al pastor, al tejedor, al panadero, al labriego, al alfarero, al más humilde de los joyeros o artesanos… Algo que gústenos o no, contribuirá sin duda a perpetuar su memoria entre los más de los lectores de habla española.

  “Sube a nacer conmigo hermano”



Medellín, 30 de octubre de 2012.

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