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jueves, 9 de agosto de 2012

JORGE ISAACS Y EL NADAISMO, ¿FRENTE A DIENTE?



JORGE ISAACS Y EL NADAISMO, ¿FRENTE A DIENTE?[1]
ARMANDO ROMERO*



Blanco más fácil no podía ser para el nadaísmo la figura en cuerpo y obra de Jorge Isaacs. La sola imagen de su obra, estancada según los nadaístas en un Valle del Cauca conservador y retrógrado, era motivo de sus mejores y más ponzoñosos dardos y petardos. Dispuestos a borrar de un plumazo todo el pasado literario colombiano que identificaban con la clase dominante, y también con la pasiva clase no dominante, se quemaron libros, se rompieron versos. Sólo Guillermo Valencia superaba a Isaacs en esta necesidad de desacralización. Al cabo de los años, es importante volver sobre ese momento histórico y ver qué pasó y que ha pasado con la posición de los nadaístas con respecto a Isaacs. ¿Todavía frente a diente?

Las relaciones del nadaísmo con la literatura colombiana, con su establecimiento literario, cultural y político no fueron siempre muy afortunadas, para decir lo menos. Ya desde el inicio del nadaísmo, Gonzalo Arango lanza como presentación y ataque el "Mensaje nadaísta anti-académico", que así comienza:
Señores parásitos de la academia: ¿Quieren saber quienes somos los nadaístas? Somos santos un poco extraños que por boca de hombres profetizan la Oscuridad Nueva. Somos también los chancros de la belleza literaria. Somos además los atorrantes profetas de una barbarie alucinada.

Para decir luego al referirse a los académicos:

Queridos viejos reumáticos:

Ustedes existen ¿y qué? A nadie le importa (…) Es triste contemplar el ridículo alboroto de sus existencias en torno a lo que ustedes son: una manada de vejetes con peluca, caspa, dientes postizos, vicios solitarios y paraguas con capacidad ecuménica de ensombrecer el sol cuando sacan el perro a mear en el parque.

Ustedes se han pasado la vida parpadeando ante los libros para acabar en un oscuro prostatismo y ser los policías del orden público idiomático. ¿No les duelen mucho las nalgas de estar sentados en esos viejos bancos discutiendo si "Güevonada" se escribe con B ebria o teologal? ¿Por qué desprecian así la vida? ¿Por qué no se consiguen una amante y van a dorarse a las playas en lugar de agotar su pobre energía en medio de elucubraciones calvas y dolor de hígado? Cómprense unos zapatos de gamuza, una guayabera y una camisa-roja, y en vez de dormir al lado de alguna acabada vieja menopáusica váyanse a bailar chachachá en los horribles sótanos de la noche y emborrachen hasta el último gusano de su aparato digestivo.

Más tarde se sucederían otros manifiestos contra los intelectuales colombianos, entre ellos el célebre "Manifiesto contra los escribanos católicos", el cual causó una gran revuelta y repulsión en la clase inteligente del país, así como el "Mensaje bisiesto a los intelectuales colombianos". Ácidamente crítica, la posición del nadaísmo no podía encajar de ninguna manera con una novela como María. Tal vez por desconocimiento de la difusa figura intelectual y de la obra de Jorge Isaacs. Así, cuando Isaacs salía de frente, los nadaístas pelaban los dientes.

Años más tarde, Gonzalo Arango, en un mensaje contra el poeta Julio Flórez, dice:

También a la cultura nacional ha llegado la "Transformación". Inspirados en Proust, sus dirigentes han salido en busca del tiempo perdido, y lo han encontrado en las tumbas de sus muertos. Julio Flórez, Jorge Isaacs, esos plumíferos inmortales han sido desenterrados por sus reverentes y serviles sepultureros. El aire de la literatura apesta con estas excavaciones al pasado. Todo lo que han logrado demostrar es que sus muertos están definitivamente podridos.

Gonzalo Arango sabía bien que esta pelea contra el pasado era absurda, pero había que pelearla. A Breton no se le hubiera ocurrido pelear contra Chateaubriand, sí contra Anatole France, contra André Gide. Pero los nadaístas comprendían que Colombia era el país de un tiempo detenido, el cual funcionaba al unísono con el país de un tiempo en movimiento. Y los enfurecía que el tiempo detenido no deparara sabiduría, reflexión, alta espiritualidad, y que el tiempo en movimiento no conllevara progreso, cambio. Así, la pelea era contra todos, no importa que trajera al ring a ancianos venerables del siglo XIX como Caro, Suárez o Cuervo (los paladines de la odiada academia) o a atletas formidables de pleno siglo XX, como Eduardo Carranza, Jorge Zalamea o Gabriel García Márquez.

Por esta razón, el enfrentamiento con Jorge Isaacs, y su novela María, no tiene sentido si lo vemos con los ojos de Borges o de Pedro Henríquez Ureña o de Alfonso Reyes, quienes podían ir directamente a las fuentes de la tradición sin el entorpecimiento de una historia nacional marcada por la violencia y la discriminación. Pero si lo vemos con los ojos de los muchachos de provincia colombiana en las décadas del 50 y el 60, egresados de la más brutal escuela de violencia que país latinoamericano haya conocido, entonces esta pelea se torna necesaria, saludable, y estoy seguro que el mismo Jorge Isaacs la hubiera entendido, sino aplaudido.

Revisemos ahora rápidamente algunas ideas antes de seguir adelante. Como todo movimiento de cola romántica, el nadaísmo siempre tenía que mordérsela. Así, su anti-programa poético no lo lleva a pensar como Hölderlin (según nos cuenta Heidegger) que "la poesía es la más inocentes de todas las ocupaciones"; por lo contrario, en sus primeras proclamas, Gonzalo Arango declara a los nadaístas como "Geniales, locos y peligrosos", de tal manera que la "inocencia" romántica da paso a la "perversión" barroca, ya que el poeta nadaísta no está como mediador de un referente de belleza sino como promotor de una figura autorreferencial, el poeta mismo, cuyo eje de belleza no giraba en la armonía sino en la ruptura de todos los centros, todos los márgenes. Ahora bien, en lo que sí estaban de acuerdo los nadaístas con las proposiciones visionarias de Hölderlin, era que "el lenguaje es el más peligroso de todos los bienes". Las palabras se convirtieron en armas blancas, negras, sucias, de juego y de fuego: "La policía de Manizales", un poema de Jotamario, era una "bala - da".

Lo primero que cae es la virginidad de María, por supuesto. Había que violar al icono nacional, romper en pedazos el discurso social, cultural y político del país que ella encarnaba. Esa virginidad defendida a calzón quitado por Luis Carlos Velasco Madriñán y por Mario Carvajal, representantes en Cali del pensamiento más conservador y retrógrado, a ojos de los nadaístas. Jorge Isaacs, y su novela María, me recordaba con acierto Darío Henao, mientras dejábamos atrás las yerbas azules de Kentucky, habían pasado a ser posesión de la clase dirigente local caleña, y por extensión, de la colombiana. Interesante caso el de Isaacs, que no sólo pierde sus tierras frente a los terratenientes, las cuales nunca podrá rescatar en esa búsqueda del paraíso perdido en que se convierte su vida, sino que también su obra pasará a ser patrimonio de ese mismo grupo social. "¡Extraños habitan hoy la casa de mis padres!", recordemos que exclama con dolor en María.

La idea nadaísta de poner el busto de Brigitte Bardot en reemplazo de la estatua en el Parque de Efraín y María en Cali, puede hoy parecernos infantil, pero en la Cali de ese entonces despertó muchos odios como buenas risas. Los más conspicuos críticos del nadaísmo, los amigos de la izquierda, recuerdo que señalaban con desdén que hasta en sus modelos eróticos los nadaístas eran afrancesados, extranjerizantes. No sabían probablemente, estos buenos hijos de las circunstancias, que María, el modelo de la prometida virgen nacional, era judía, de padres ingleses, nacida en el Caribe. Pero por otro lado tenían razón, ya que el surrealismo, el existencialismo, la Piaff, Sartre y la Boudoir, hacían de las suyas en las bibliotecas y charlas nadaístas.

Resumiendo, podíamos señalar que el ataque a Isaacs y María de los nadaístas iba contra los patrones de conducta sexual y erótica del siglo XIX, contra el núcleo familiar, la educación religiosa, perpetuados por las instituciones nacionales en pleno siglo XX, y contra las estructuras esclavistas, paternalistas, que tenía la alta clase social colombiana, y que bien se reflejaban en la novela. No era posible para el nadaísmo tener otra lectura de María, lectura donde se proyectara históricamente el alto erotismo de la prosa de Isaacs, sus descripciones de preludio nabokoviano, su visión de una clase marcada por el criollismo y la presencia del inmigrante europeo, donde el componente religioso juega un papel importante. Es decir, que no correspondía al nadaísmo establecer un diálogo constructivo con una figura como Isaacs, substraerlo de la maquinaria política que lo había convertido en uno más contra la mayoría de los colombianos, aquellos que día a día tenían que soportar el castigo de una violencia heredada desde la fundación de la patria.

Pero más allá de estos componentes sociales que establecen las diferencias, los puntos de choque entre Isaacs y el nadaísmo, está la presencia del lenguaje, ya que "uno de los grandes problemas en la historia de Colombia había sido la imposición al pueblo, por parte de sus gobernantes y educadores, de un idioma español pulcro y correcto como modelo de identificación cultural y social". La necesidad de los nadaístas de romper con esta cédula de ciudadanía idiomática los llevó también a intentar romper, a su manera, con "el tradicional acento idiomático del español", para decirlo a la manera de Tomás Navarro Tomás, el cual venía de generación en generación desde la colonia. Esta abrupta ruptura con la tradición, que vista desde el ángulo de la cultura podría ser un empobrecimiento, era absolutamente necesaria en un país que sólo había aprendido a reflexionar por la violencia. Los nadaístas, que recibían un Isaacs transformado por la academia y los dirigentes intelectuales del país, como señala Gonzalo Arango, no podían ver el poder dinámico de la palabra, y por ende, del lenguaje, en el trabajo creativo de Isaacs. Es por esto, repito, que se les escapaba la actualidad de María, que visualizaba Borges.

Luego de haber tomado estas notas anteriores en el café Sitwells de la calle Ludlow, en Cincinnati, decidí venirme de secreto unos días antes a Cali, e invitar a algunos de los poetas nadaístas a dialogar sobre Isaacs, prometiéndoles que no le iba a contar a nadie lo que dijeran, lo cual los tuvo sin cuidado, por supuesto. No fue una charla fácil porque mientras Jaime Jaramillo Escobar miraba ansiosamente la hora, no fuera que lo dejara el bus que lo llevaría a una piscina cerca de Cañasgordas, Eduardo Escobar enviaba su columna habitual a El Tiempo vía correo electrónico. Por otro lado, Jotamario trataba de poner un escocés en su vaso, sin mucho acierto porque sus ojos estaban al otro lado de la calle donde una falda de mujer daba golpazos contra la luz, y Elmo Valencia estrenaba de nuevo su poderosa risa diciendo una y otra vez:

-¿A quién se le ocurre hablar de Isaacs, si ya María tomó jugo de Borojó?

-Poetas hermanos les dije-, ¿que tal si me dicen cómo los agarró por primera vez este don Jorge y su novela?

-En mi casa dijo Jaime Jaramillo rápidamente-. Mi padre era maestro de escuela. Había una biblioteca. Mi madre y sus amigas se reunían para leer novelas ciertos días, en la tarde. En esa época María era muy popular.

Eduardo Escobar, dirigiéndose a Jaime, dijo:

-Yo no sé si mi madre leyó alguna vez María, esa novela lacrimógena y alabada. O los poemas de Epifanio Mejía y Rubén Darío, cuyos versos se escapaban entre sus suspiros mientras oficiaba en los menesteres de la casta casa. Como haya sido, María, y claro, su sombra, el joven Efraín, o mejor dicho sus prestigiosos, pálidos, malolientes fantasmas, venían a la charla de la familia por variados caminos. Cuando un par de sobrinos meloseaban bajo una madreselva resultaban semejantes a Efraín y María.

Jotamario, quien ya había logrado servirse bien su escocés, colocó una silla junto a la ventana que daba a la calle, para no perder su punto de mira, y sonriendo dijo:

-Tendría 16 años cuando el profesor Varela, que era hincha mío, me detuvo en uno de los corredores del Santa Librada College, y me dijo que me tenía un regalo. Sacó de una bolsa y me alargó una edición de María. Yo me sentí ofendido, mareado, menoscabado. Acababa de participar a ladrillazo limpio en la caída del dictador y me había tocado ser testigo presencial de un ajusticiamiento de "pájaro"; un mes atrás había perdido por dos pesos, con derecho a penetrar con la bicicleta- la rugosa virginidad en la zona de tolerancia; y por si fuera poco acababa de leer Madame Bovary, Moll Flanders y Fanny Hill.

Profesor, no me regale guevonadas le dije-¿no ve que he decidido ser un escritor de vanguardia? Más bien présteme todo lo que tenga de Nietszche, y si tiene algo de Bataille… El profesor Varela enrojeció de pies a cabeza, un ribete de espuma afloró a su boca, me miró como si fuera un cadáver de anfiteatro y me espetó estas palabras: "Arbeláez, en algún momento creí en usted. Tuve la sospecha de haberle inculcado una chispa de sensibilidad. Pero por la forma como se ha referido a la obra sublime de Isaacs, deduzco que usted siempre será un pelmazo. Estoy seguro de que, con todas sus ínfulas modernistas, nunca escribirá una línea que la supere…"

Mi mala suerte literaria obedece, pues, a la maldición de mi profesor de literatura. concluyó Jotamario.
Una carcajada general sacudió la sala, mientras el Monje Loco decía, entre carcajadas:

-María tomó jugo de Borojó, eso es lo que cuenta.

El poeta Jaime Jaramillo, antiguamente X-504, seguía mirando inquieto su reloj. Le pregunté lo primero que se me vino a la cabeza.

-Poeta, supongo que fue María la primera obra de Isaacs que conociste…

-Tanto la novela como los poemas (entonces se decía poesías) se leían mucho -contestó el poeta-. Poemas de Isaacs estaban siempre en los textos de estudio. La lectura de María a los quince años era conmovedora. Para Manuel Mejía Vallejo, al final de su vida, seguía siendo igualmente emotiva.

Eduardo, que parecía mantener un diálogo con el poeta Jaime, dijo:

-En el colegio, no recuerdo haber oído mencionar a Maria. Ni a su caro Efraín. Ni a su desdichado creador. Tal vez por la razón pura heredada de la Contrarreforma. Es decir, porque en lo poco que me presté a la educación convencional lo hice en instituciones dirigidas por curas, escolapios españoles, maristas de Italia, misioneros javerianos de los conservadores pueblos antioqueños, y terciarios capuchinos de todas partes, en las cuales la mujer era la seductora, la ministra venenosa del demonio armada de tetas en contra del orden de nuestros mundos masculinos. El pecado. Y el mal.

Como me ocurriría con el Quijote me puse tarde en la tarea de leer María. No me avergüenza confesarlo. Durante los años felices de las tertulias de nuestro primer nadaismo, ustedes recuerdan, gastadas y desgastadas en larguísimas divagaciones literarias de todos mis amigos, sobrios y borrachos, no comprendía que mis nuevos, hirsutos camaradas, se refirieran con semejante vehemencia al Quijote como si fuera un libro magnífico, y a María, para demeritarla como una enfermiza expresión del debilitamiento del romanticismo en América.

La incomprensión acabó por convertirse en curiosidad. Ya debía tener por lo menos veinticinco años, y un hijo siguió Eduardo-, el mes cuando vine a leer El Quijote.Y María, cuyo recuerdo se ha desvanecido del todo en mi conciencia. Tan solo queda un olor de libro viejo mezclado con el aroma de unas montañas en mí, el rasgo de un esclavo en el barro de un camino entre breñas, un huerto, y un pajarraco de mal agüero que se desplaza en una página con un doblez en el ángulo superior derecho. Y el señorito Efrain. Y su sombra. Y las trenzas de María, convertidas en una falsa memoria que ni me estorbó jamás, ni visito ya, ahora.

-El poeta está inspirado, dijo el Monje Loco, pero para mí, lo único que cuenta es que María tomo jugo de Borojó.

-Por esos días del 59 intervino Jotamario- llegó el nadaísmo a Cali; establecimos el grupo con un sentido del humor bastante diferente del de Medellín, y Gonzalo me encargó el nada penoso deber de dar a conocer nuestra genialidad mediante el escándalo, El mito de la comarca "estaba pagando". Traté de leer la novela de Isaacs para atacarla con más saña, pero el libro no se dejó. Mi mente estaba pervertida por la Nana, de Zola. María no era sólo el novelón romántico que todo el mundo respetaba sin haber leído, sino también un parque y un monumento "casi en los patios de un cuartel". Con el apoyo redaccional de Pedro León Arboleda, Alfredo Sánchez y Diego León Giraldo, el Monje y yo facturamos un manifiesto tórrido al alcalde de la ciudad, que apareció al otro día en la primera página de El Espectador, donde hacíamos perentoria exigencia de que se retirara el monumento a María bajo el riesgo de ser dinamitado- y fuera reemplazado por el busto de Brigitte Bardot. En el comentario de El Tiempo del día siguiente, lo único que se nos criticaba era nuestro mal gusto, pues según el editorialista tal vez Eduardo Mendoza Varela-, el busto por que el deberíamos haber exigido recambio era el de Marilyn Monroe.

-¿Y que tal la quema de María y de otros libros aquí en Cali? les pregunté a todos mientras prendía un cigarrillo.

-No participé en esa quema de libros porque trabajaba dijo Jaime, perfilando ya su sonrisa de pícara maldad, y continuó-: Nunca he sido vago. Los escándalos del Nadaísmo tenían un propósito publicitario. No quemo libros inútiles porque la ceniza es peor. Los arrojo en silencio a la basura.

-¿Y tú, Eduardo, estuviste en la quema de libros en Medellín?

-No. Sin embargo, Gonzalo Arango me diría más tarde que en la plazuela antioqueña de San Ignacio no se habían quemado libros, tan sólo revistas viejas, Selecciones del Readers Digest, almanaques Bristol caducados, catecismo de Astete, la basura que los nadaístas tenían en sus casas de los tiempos del bachillerato, textos pasados de moda, para llamar la atención de los medios que permanecían mudos como paredes e indiferentes como piedras, antes los manifiestos procaces y lapidarios que emitíamos con regularidad de maníacos. Pero aquí en Cali, sí estuve de cuerpo presente, aquella mañana luminosa. Y me parece acordarme entre las brumas del olvido que se traga todo, que se trató más bien de un ahorcamiento de ediciones de Maria en los árboles del parque del mismo nombre que dedicó Cali a la heroína principal del deplorable romanticismo colombiano.

-La cosa fue así dijo Jotamario con su memoria borgiana y su escocés a raya-. Gonzalo Arango tuvo la peregrina idea de convocar, durante uno de esos Festivales de Arte que se inventaba Fanny Mikey, la Exposición Nacional del Libro Inútil, en el parque de la María. Ser enemigos de esa obra nos daba buenos dividendos. Nos permitía elaborar bromas apaches a la virginidad, a la castidad, a la enfermedad, al romanticismo y al pájaro negro dentro del paisaje bucólico. Todos los poetas de la parroquia y de la nación que lo mismo era- fungían de defensores a muerte de la historia de Jorge Isaacs. La juventud en cambio comenzaba a deshipotecarse de semejante influencia. Todo el mundo llegó al parque con carretadas de libros, especialmente sus propios autores. Otros llevaron los libros de sus enemigos. Algunos escritores del cartel mariano, escondidos tras los árboles, como Velasco Madriñán, autor de El Caballero de las lágrimas, mandaban espías a averiguar si alguna de sus obras había sido "colgada". Cuando les llegaba la noticia de que sí, salían de sus escondites y se sumaban al jolgorio. Con los libros de Gonzalo Arango hacían los pájaros nidos. Pero el libro que barría por su reiterada presencia era María, colgado por los estudiantes condenados a leerlo. En medio del éxtasis, algunos chistosos quemaron sobre las cabezas de Efraín y María ejemplares de El Tiempo y El Espectador. Y nosotros, que siempre gozamos de buena prensa, nos vimos condenados al ostracismo. Esa noche hice un nuevo intento por leer María. Imposible. Tenía la mente llena con Justine y Juliette, del Marqués de Sade.

-Para qué hablan tanto de María dijo el Monje Loco, protestando- si lo que ella tomó fue jugo de Borojó.
-Poeta Jaime, ¿fuiste alguna vez por la hacienda El Paraíso, cuando vivías acá en Cali?

-En alguna ocasión fui a conocer la casa de Efraín y María. Los visitantes de entonces eran serios. Los actuales, irrespetuosos y sucios turistas quedan descritos gráficamente en un ensayo de Hernán Toro, con sus regueros de envases plásticos, latas y papeles.

-¿Y que tal tú, Eduardo?

-Jamás fui al Paraíso. Entre otras cosas, por estar entregado a mi Cuarteto de Alejandría, en la Posada del Viajero: ni siquiera se me pasó por la cabeza. Recuerdo que preferíamos Juanchito. Y sobre todo, carezco en absoluto de esa clase de estupidez turística que lleva a algunos a visitar las casas y las cosas de los sordos famosos, los criminales reputados, los pintores zurdos y los escritores gloriosos. Mi único fetichismo consiste... pero no es necesario proclamar aquí mis queridas inclinaciones olfativas.

-Recuerdo que luego de la quema en el Parque la María dijo Jotamario-, el contragolpe no se hizo esperar a través de la palabra cascada y sacrosanta del poeta de "Piedra y Cielo" y de "Teresa, en cuyo culo el cielo empieza", abanderado de las causas que tuvieran que ver con el idioma de Castilla y con la poesía prístina. Aunque poco dado al panfleto, Eduardo Carranza se dejó venir con una catilinaria… Y con inspirado acento en la á, exclamó ante las autoridades civiles, eclesiásticas y militares: "¡Ah!, yo desafío a los escritores nadaístas, y les doy 30 años de plazo a partir de hoy, a que escriban una obra mejor que María, o si no que se callen para siempre."

"Al otro día los periódicos titulaban a igual número de columnas: "Nadaísta Jotamario acepta el reto de Carranza, pero a muerte" y subtitulaban: "Que él escoja las armas, yo escojo el sitio: hacienda El Paraíso, 12 p.m. Domingo de Resurrección." Con Pablus Gallinazo, mi padrino, tomé clases de florete. Con el mayor Camargo, tiro al pentágono. El domingo por la noche estaba con toda la claque en la hacienda. Pardo Llada hasta me había mandado fotógrafo. Esperamos hasta las cinco de la mañana y en vista de que el retador retado no apareció, el doctor Quintero procedió a declarar a Carranza "técnicamente muerto", y como no hubo cadáver que lamentar ni que levantar, procedimos a bañarnos en bola en el mismo sitio donde lo hacía María en levantadora.

-Ese es el mismo sitio donde María tomó jugo de Borojó dijo el Monje Loco.

La tarde se estaba haciendo cada vez más vallecaucana, y yo ya veía que el poeta Jaime presentía que se nos venía encima el "sol de los venados", lo cual indicaba que la hora para ir a nadar a Cañasgordas estaba pasando. Miraba su reloj, pero yo insistí:

-¿Y en esos años de las décadas del 60 y el 70 cuando tanto se hablaba de Isaacs, de su obra en especial, recuerdan qué pensaba Amilcar Osorio de María?

-Después de las primeras manifestaciones públicas no se habló más de Isaacs o de María -dijo Jaime-. Las inclinaciones académicas de Amílcar no encontraban eco en sus rebeldes compañeros. En cuanto a mí, durante la pataleta del Nadaísmo no volví sobre Isaacs. Pero hoy, más que su obra literaria, resulta admirable el hombre que fue. La razón por la cual no estudiamos historia es para no sentirnos disminuidos por esos titanes que nos precedieron, ante los cuales quedamos como ratas cibernéticas.

-En lo que a mi respecta -terció Eduardo-, No sé a estas alturas de la vida si los nadaístas creían en todo lo que despotricaban de María, en las charlas y en los comunicados. En todo caso, estábamos en nuestro derecho, por higiene, y en ejercicio de nuestra libertad irresponsable, de leer otros libros de amor más complejos y álgidos. Como el sagrado mamotreto de Proust, o como el lírico Cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, la novela del amor del siglo veinte. Y claro, a Lolita, de Nabokov, que es un libro tan tierno, sin caer en el desmayo de María, y a la vez tan saludable, en el cual, lo mejor no es la sensualidad que palpita en cada página, si no la capacidad del narrador para burlarse de sí mismo, de su historia, y su visión irónica del mundo y de las pasiones.

De pronto Jotamario se levantó intempestivamente de su asiento y dijo que había visto unas trenzas que le recordaban a María columpiándose por la calle, y que ya nos veríamos más tarde, en el bar de Efraín.
Jaime, apresurado, no me dejó hacer ninguna pregunta esta vez, y dijo:

-Mi apreciación de María y de don Jorge Isaacs se ha revaluado con los años, y eso me parece normal. He sido siempre aficionado a la historia, y desde ese punto de vista no se niega la importancia de una obra que perdura más allá del siglo y suscita el interés de académicos como tú. Además, hay otra cosa: fuera de Antioquia, la tierra que más aman los antioqueños, aunque sea para comprarla, es el Valle del Cauca. Siempre ha sido así, a pesar de conflictos políticos y de la atracción de Bogotá. Emigrar al Valle y quererlo con pasión ha sido obligado. Sintiéndome también valluno, como debe ser, no puedo desentenderme de su literatura y de sus tradiciones. He releído María varias veces, por diferentes motivos. Sin duda conserva gran importancia histórica, lo cual es propio de la mejor literatura en cada época. Sucede lo mismo con Eustaquio Palacios e Isaías Gamboa. Hoy nos parecen ingenuos, ¿pero qué dirían ellos de nuestra perversidad?

Y Eduardo, no muy de acuerdo con lo que decía el poeta Jaime, dijo:

-Quizás volveremos a leer María, en algún ocio muerto. Quién sabe. A medida que los lectores envejecemos nos coge la urgencia de leer un montón de cosas en la Babel de la cultura literaria de la humanidad, que nos hacen relegar otras. Y la verdad, el romanticismo latinoamericano goza de suficiente mala fama para emplear nuestro tiempo y nuestros ojos, en otras cosas, cuando quedan vírgenes tantos griegos, tantos secretos novelistas bizantinos, tantos escritores escandinavos, tantos libros extraños esperándonos en los anaqueles de nuestra loca escritura humana.

El poeta Jaime ya se había resignado a perder el autobús.

-La permanencia de María acredita su importancia dijo-. Sus ediciones han sido numerosas, como pude apreciarlo en la después saqueada biblioteca del doctor Eduardo Mendoza Varela, quien poseía una gran colección de ediciones de María. Solamente en México, según comenta Manuel Mejía Vallejo, se hicieron más de doscientas ediciones diferentes, de 12.500 ejemplares la de la serie Crisol, de Aguilar. A pesar del prestigio de María, la crítica no ha sido muy perspicaz. Con razón dice Umberto Valverde que María ha sido llorada, mas no leída. Quien sólo percibe lo anecdótico, apunta Mejía Vallejo, está negado para la literatura. Si fue leída con entusiasmo durante cien años en el continente, ¿qué más certificado quieres?

El Monje Loco se había quedado dormido completamente, y en sus sueños repetía, sin cesar:

-María tomó jugo de Borojó, María tomó jugo de Borojó.

Y en ese momento, Jotamario asomó la cabeza por una de las ventanas y dijo:

-No se preocupen más por María, poetas, que no vale la pena ningún libro que se pueda leer con las manos quietas.




*Armando Romero: Licenciado en español y literatura de la Universidad del Valle. Traductor e investigador, es actualmente profesor de literatura latinoamericana de la Universidad de Cincinnati, en Estados Unidos. Perteneció al grupo inicial del Nadaísmo en Cali. Doctor en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Pittsburgh, Estados Unidos.
Entre sus libros: El Nadaísmo o la búsqueda de una vanguardia (1988); Gente de pluma (1989). Poesía: Los móviles del sueño (1976); El poeta de vidrio (Caracas, 1976); Del aire a la mano (1983); Las combinaciones debidas (Buenos Aires, 1989) y A rienda suelta (Buenos Aires, 1991); Cuatro Líneas (México, 2001); Hagion Oros-El monte Santo (Caracas, 2001). Cuentos: El demonio y su mano (1975); La casa de los vespertilios(1982); La esquina del movimiento (1992); Una mariposa en la escalera -selección de los libros publicados- (1993); Lenguas de juego (1998); La raíz de las bestias. Novelas: Un día entre las cruces (1993); La piel por la piel (1997) y La Rueda de Chicago (2005).


[1] La presente conferencia fue elaborada a partir de entrevistas y textos originales de los poetas nadaístas incluidos, y esta enmarcada en el trabajo de investigación sobre poesía colombiana que el autor adelanta hace varios años. En este caso responde al indagar sobre la recepción poética de Jorge Isaacs en el movimiento nadaísta.

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